El mercado de ropa usada florece en Bolivia, ofreciendo prendas de marcas internacionales a precios tan bajos como $1 o $2, mientras que en Estados Unidos pueden costar entre $50 y $100. Esta economía informal ha crecido en las últimas dos décadas, superando a la industria nacional y al comercio formal.
En lugares como la feria 16 de Julio de El Alto, la actividad es imparable. “Hasta gente pudiente viene a vestirse aquí,” comentó Rosa, una comerciante que mantiene a su familia revendiendo ropa usada. Según ella, una prenda Nike que en tiendas formales cuesta 500 bolivianos puede encontrarse en su puesto por solo 50 bolivianos.
El origen de esta ropa está en las donaciones en Estados Unidos, que son enviadas a puertos chilenos antes de llegar a Bolivia. “La mercadería es gratuita, solo pagamos el transporte,” explicaron comerciantes mayoristas. Los fardos luego son distribuidos en pueblos fronterizos y comercializados en las principales ciudades del país.
Sin embargo, este negocio ha generado críticas. Empresarios locales afirman que asfixia a la industria nacional, evade impuestos y podría ser insalubre. “Esta ropa podría ser fuente de enfermedades,” señalaron opositores. Jorge Ugarte, dirigente de los comercializadores, respondió que las prendas pasan controles fitosanitarios. “Miles de familias viven de este rubro, y su número crece con el desempleo,” añadió.
Las calles de barrios como la avenida Buenos Aires en La Paz están repletas de tiendas de ropa usada. Un vecino opinó: “Hoy en día, la gente ya no tiene vergüenza de usar ropa usada; antes preferían ropa nueva.” Otro transeúnte señaló que este negocio aumentó bajo el gobierno del Movimiento Al Socialismo, asegurando que “afecta económicamente al país y lo denigra moralmente.”
Los críticos también denuncian que los consumidores bolivianos no tienen la libertad de elegir su estilo. “Nos vestimos con lo que alguien del otro lado del mundo selecciona para nosotros,” expresó una compradora, reflejando un sentimiento de resignación.
A pesar de las controversias, los comerciantes defienden la legitimidad de su actividad. Ugarte afirmó que la industria nacional depende de insumos importados y no puede competir en precio. “La gente es la que escoge,” subrayó, señalando que los consumidores han hecho su elección al preferir ropa usada.
El debate sobre el impacto económico, social y cultural de este mercado continúa, mientras la ropa de segunda mano sigue marcando tendencia en las calles de Bolivia.





