En plena tormenta económica y con regiones enteras golpeadas por desastres, el vicepresidente Edmand Lara volvió a quedar en el centro de la controversia al viajar a Asunción para presenciar la final de la Copa Sudamericana. El viaje, realizado junto a su esposa, generó una ola de críticas por lo que muchos consideran una actitud de abandono en momentos clave para el país.
Según su propia versión, Lara aseguró que asistió “por invitación del presidente de la CONMEBOL, Alejandro Domínguez”, aunque evitó responder si los gastos del desplazamiento corrieron por cuenta del Estado. Lo que sí quedó claro es que el viaje no fue precisamente protocolar: el vicepresidente estuvo acompañado de toda su familia, lo que avivó la molestia ciudadana.
Para gran parte de la población, el comportamiento de Lara replica el estilo de Evo Morales, quien durante su mandato acumuló constantes críticas por asistir a inauguraciones y eventos futbolísticos mientras en Bolivia estallaban conflictos o emergencias. “Es el mismo libreto: placeres primero, responsabilidades después”, comentaron algunos legisladores de oposición.
Las críticas también apuntaron a su esposa, la diputada Diana Romero, quien —según registros de la Asamblea— lleva semanas sin presentarse a su trabajo legislativo. La pareja, dicen los detractores, ha convertido sus cargos en un “tour permanente” mientras el país enfrenta serias dificultades de liquidez y una recesión que golpea a las familias.
En redes sociales, el viaje detonó un torbellino. El mensaje más repetido fue directo: “¿Estamos pagando la luna de miel de Lara?”. La sospecha sobre el uso de recursos públicos se hizo aún más fuerte al conocerse que días antes la pareja vicepresidencial había estado también en Brasil, en otro viaje no aclarado.
La indignación creció especialmente porque, al mismo tiempo, municipios como Samaipata se encontraban en emergencia por inundaciones y pérdidas materiales severas. Mientras la gente esperaba presencia estatal, la segunda autoridad del país aparecía posando en un estadio internacional.
Para muchos analistas, el episodio sintetiza un problema mayor: la desconexión entre los gobernantes y la realidad cotidiana de los bolivianos. “Es inaceptable que un vicepresidente prefiera el placer y el espectáculo mientras la nación sufre”, señaló un experto en gestión pública, remarcando la falta de prioridades claras.
La crisis continúa, los problemas se acumulan y las preguntas siguen abiertas. Lo único evidente es que el viaje de Lara avivó el enojo, profundizó la desconfianza y encendió interrogantes sobre el verdadero compromiso de las autoridades con un país que exige soluciones, no excusas.




