En el corazón de la Comunidad Ebenezer, ubicada en el municipio de San Ignacio de Velasco, en el Departamento de Santa Cruz, Bolivia, vivía un verdadero héroe: Lino Peña Vaca, un líder indígena Chiquitano que pasó más de 20 años compartiendo su vida con sus comunarios y vecinos. Su legado es una historia de respeto por la naturaleza, amor a la paz social y la valoración suprema de la vida, una vida que le fue arrebatada de manera violenta.
Lino, a sus 78 años, vivía en una modesta casa sin lujos, pero llena de detalles que reflejaban su limpieza y honradez. Según sus palabras, tenía todo lo que un hombre podría desear: la naturaleza, sus animales y una paz interior profunda. Cada día, recorría una distancia considerable para abastecerse de agua, ya que la Comunidad Ebenezer carecía de este servicio. Sin embargo, se adaptaba a las necesidades de su comunidad, a la que consideraba su familia. Daba nombres originales y graciosos a cada uno de sus «hermanos» y compartía su lengua madre, el bésiro, para mantener vivas sus raíces y honrar a sus ancestros.
Lino Peña Vaca era un defensor apasionado de la dignidad y la naturaleza, y creía que los indígenas originarios debían ser forjadores de desarrollo en sus comunidades. En sus propias palabras, «sé que la dignidad no me da para comer, Doctorcita, pero, sabe, con Dignidad puedo vivir.»
Sin embargo, la vida de Lino cambió drásticamente cuando se vio involucrado en un conflicto territorial. La Comunidad Ebenezer se enteró de la existencia, solo en papeles, de otra comunidad llamada Jerusalén 3. Aunque esta última supuestamente existía desde hacía cuatro años, nadie de la Comunidad Ebenezer la había visto antes. Para evitar un enfrentamiento, ambas comunidades acordaron aceptar la mediación del INRA, la ACISIV, la OICH y la CIDOB, instituciones encargadas de resolver este conflicto. Sin embargo, esta solución pacífica nunca se materializó.
Una noche, el ruido ensordecedor de maquinaria pesada rompió la tranquilidad de la Comunidad Ebenezer. Una excavadora estaba desmontando terrenos, lo que llevó a los miembros de la comunidad a intentar detener la actividad y pedir pacíficamente a los intrusos que se retiraran. Esta acción valiente provocó un acto de violencia inaudito, con amenazas de muerte y ataques brutales.
En medio del conflicto, Lino Peña Vaca y otros miembros de la comunidad se enfrentaron a agresores armados con machetes, cadenas y palos. Lino fue golpeado severamente, sufriendo una fractura en una costilla y una nariz rota. Aunque se trasladó al hospital, lamentablemente, falleció poco después, supuestamente a causa de la COVID-19. Sin embargo, su historia médica no registra esta enfermedad. La comunidad y amigos de Lino agotaron todos sus recursos para su tratamiento, pero no lograron salvarlo.
La muerte de Lino Peña Vaca no marcó el fin de la tragedia. La comunidad siguió siendo amenazada y se inició una persecución contra otros comunarios. Citaciones legales y casos de avasallamiento se abrieron en su contra. Incluso después de su fallecimiento, las amenazas continuaron, y se realizaron bloqueos carreteros y marchas en demanda de justicia.
El legado de Lino Peña Vaca es uno de respeto por la tierra, la naturaleza y la dignidad. Luchó contra la deforestación y la expansión minera en la Amazonia boliviana. Propuso un Pacto Social para el respeto de las tierras campesinas, el congelamiento de licencias mineras y la creación de «guarda tierras» para proteger los recursos naturales. Su legado nos recuerda que debemos preservar la riqueza biológica y el equilibrio de la naturaleza.
Lino Peña Vaca creía en la sabiduría colectiva del Estado y abogaba por el respeto de la madre tierra. Su legado y sus palabras siguen resonando como un recordatorio de la importancia de cuidar nuestro planeta y defender los derechos humanos. Su muerte no solo dejó una profunda tristeza en su comunidad, sino que también inspiró una lucha continua por la justicia y la preservación de la naturaleza en Bolivia.





