La emergencia ambiental golpea de nuevo al oriente boliviano. El Ñembiguasu, una de las áreas protegidas más importantes del país, arde sin control, y la falta de combustible agrava la crisis, dejando a guardaparques, soldados y voluntarios prácticamente desarmados frente a las llamas.
El ingreso de combustible, indispensable para movilizar vehículos y operar maquinaria pesada, no llega a tiempo. “Sin combustible no podemos mover las cisternas ni las retroexcavadoras. Nos estamos quedando de brazos atados frente al fuego”, alertó uno de los técnicos de la fundación Nativa.
En la primera línea están los guardaparques Ñembi, los de la UCPN Tucabaca, los técnicos de Nativa y soldados del Regimiento Pando, quienes arriesgan la vida en medio de un escenario sofocante, donde las altas temperaturas y el viento favorecen la expansión de los incendios.
El panorama es devastador: flora y fauna única están siendo consumidas por el fuego en un espacio que cuenta con niveles de conservación propios y que es considerado un pulmón vital para Bolivia. “Cada hectárea que se quema es vida que no volverá”, expresó un guardaparque con evidente impotencia.
A la tragedia se suma la falta de acción gubernamental. Aunque existe una pausa ambiental que prohíbe cualquier tipo de quema, las autoridades no han hecho cumplir la normativa. El vacío de control genera indignación: “¿Será que antes de irse nos dejarán incendios por todos lados?”, cuestionan organizaciones ambientalistas.
La sociedad civil tampoco puede permanecer indiferente. Diferentes colectivos hacen un llamado a sumarse con víveres, herramientas y apoyo económico para sostener a los bomberos y voluntarios, quienes trabajan sin descanso y con recursos limitados.
“Ellos son hombres y mujeres de chaqueta amarilla que no se rinden, que pelean contra el fuego mientras otros miran a un costado”, remarcan los activistas, en referencia a los equipos que día y noche intentan frenar el avance de las llamas.
Mientras las llamas devoran Ñembiguasu, la sensación es clara: la naturaleza se consume y el país no reacciona a la altura de la emergencia. La reserva pide auxilio, y con ella, una sociedad que no puede darse el lujo de callar ni quedarse inmóvil frente a la catástrofe.





