El fútbol boliviano amaneció de luto. Francisco Xabier Azkargorta, el entrenador que cambió para siempre la historia deportiva del país clasificando a la Selección al Mundial de Estados Unidos 1994, falleció este viernes a los 72 años, dejando un vacío emocional imposible de llenar. Su deceso, confirmado por su entorno familiar, se produjo tras complicaciones cardíacas que lo acompañaron durante la última década.
Azkargorta, español de nacimiento pero boliviano por elección y sentimiento, llegó al país en 1993 para asumir un reto que muchos consideraban imposible: llevar a la Verde a una Copa del Mundo después de casi medio siglo de ausencias. “Bolivia me dio la oportunidad de vivir mi mayor alegría deportiva”, dijo alguna vez. Ese sueño se hizo realidad en 1994, cuando el país entero celebró su histórica clasificación.
El ‘Bigotón’ no solo condujo a la selección en el Mundial, también dejó una marca profunda de disciplina, trabajo y cariño hacia el fútbol nacional. Dirigió en Chile, México y Japón, pero su nombre quedó siempre ligado a Bolivia, donde cosechó afecto, respeto y un lugar permanente en la memoria colectiva del hincha.
Tras su primera etapa con la Verde, retornó al país para dirigir clubes de la División Profesional como Oriente Petrolero, Bolívar, Sport Boys y Palmaflor, extendiendo su influencia más allá de la selección y formando generaciones de futbolistas.
Su última experiencia como entrenador fue en 2020, con Palmaflor. Después decidió alejarse del banquillo, aunque no del deporte: asumió funciones como asesor deportivo en el Gobierno municipal de Santa Cruz, siempre activo, siempre comprometido con el crecimiento del fútbol.
El legado de Azkargorta se revaloriza hoy más que nunca. Su figura vuelve a tomar fuerza justo cuando Bolivia se prepara para disputar el repechaje en busca de volver a un Mundial tras 31 años de ausencia, un desafío que inevitablemente evoca su hazaña de 1994.
“El Bigotón nos enseñó a creer”, recuerdan hoy quienes compartieron con él cancha, vestuario o simplemente la ilusión de un país entero. Su nombre, ya inmortal, seguirá siendo sinónimo de esperanza, orgullo y la certeza de que, alguna vez, Bolivia tocó el cielo del fútbol.





