La exviceministra del gobierno de Evo Morales y actual directora ejecutiva de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), además de integrante de la Comisión de la Verdad del gobierno Paz/Lara, Margot Ayala, aseguró que durante el masismo calló hechos de corrupción en YPFB por miedo al “terrorismo de Estado”.
La afirmación, sin embargo, choca de frente con una imagen que hoy circula con fuerza: Ayala sonriente, cómoda y empoderada, ocupando cargos de alta jerarquía en distintos gobiernos. Para muchos analistas, esa fotografía narra exactamente lo contrario de lo que hoy se intenta sostener con palabras.
En política, advierten expertos, el discurso no se sostiene solo en lo que se dice, sino en lo que el contexto, el lenguaje corporal y la memoria colectiva revelan o desmienten. Y en este caso, la escena pública pesa tanto como la declaración tardía.
“No se puede hablar de miedo cuando se ejercía poder”, resume un analista político consultado, al señalar que el silencio frente a la corrupción suele explicarse más por conveniencia que por temor cuando se está dentro del círculo de decisión.
El caso de Ayala expone una constante en la política boliviana reciente: dos gobiernos, dos cargos y dos relatos. En el primero, el silencio; en el segundo, la denuncia. El factor común, según las críticas, es que el miedo aparece siempre después.
Desde sectores críticos se cuestiona que estas revelaciones surjan cuando el ciclo político ya cambió y cuando los costos personales son menores. “La valentía retrospectiva no repara el daño causado por el silencio oportuno”, señalan.
Este episodio también deja una lección comunicacional clave: no basta con decir la verdad, hay que convencer de ella. Y para convencer, el pasado importa. Mucho más cuando existen imágenes, cargos y decisiones que contradicen el nuevo discurso.
La historia de Margot Ayala vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuántas denuncias se callaron desde el poder y cuántas se activan solo cuando el poder ya no está? En política, la memoria no olvida, y las fotos tampoco.





