En el momento más frágil de la economía y de la moral pública en Bolivia, Edmand Lara emerge como un factor de desestabilización dentro del propio gobierno. Ex policía de bajo rendimiento, convertido en celebridad de TikTok y hoy vicepresidente en ejercicio, su conducta revela una ambición personal tan desbordada que podría romper el equilibrio político en medio del ajuste más difícil del país.
La última señal de alarma la dio él mismo. En un TikTok que luego eliminó, Lara expuso públicamente la supuesta infidelidad de su esposa, usando un drama íntimo como arma política, emocional y mediática. Ese video no solo mostró un conflicto familiar, sino la disposición del Vicepresidente a sacrificar lo más personal con tal de permanecer en el centro del espectáculo nacional. Como dijo un analista consultado: “Cuando un político convierte su vida privada en propaganda, es porque ya perdió los frenos éticos”.
Mientras Bolivia define decisiones históricas —retiro de subvenciones, banda de flotación del dólar, ajuste fiscal y reestructuración profunda del Estado— el presidente Rodrigo Paz intenta sostener el rumbo con responsabilidad. Lara, en cambio, actúa en una lógica paralela: victimización en redes, dramatización emocional, mensajes calculados para mostrarse como “salvador” ante el malestar social y una campaña permanente disfrazada de gestión. “Lara no gobierna: se autopromueve”, resumió un legislador oficialista.
El Vicepresidente parece moverse con el olfato del oportunista clásico: cuanto peor esté el país, más espacio cree ganar él. Si el ajuste económico provoca protestas, todo apunta a que intentará colocarse al frente como si no fuera parte del mismo gobierno que toma las decisiones. No tiene lealtad ni sentido de Estado; solo estrategia personal.
La figura no sorprende a quienes lo conocen de cerca. Como escribió Maquiavelo en El Príncipe: “El hombre que quiere llegar al poder debe estar dispuesto a actuar contra la fe, contra la caridad y contra la humanidad.” La frase parece describirlo con precisión. Lara opera sin límites morales, sin escrúpulos políticos y sin responsabilidad institucional.
Bolivia necesita estabilidad, temple y liderazgo serio para enfrentar un momento decisivo. Lo que menos necesita es un vicepresidente convertido en influencer político, más preocupado por grabar videos que por sostener la gobernabilidad. En lugar de ser un soporte para el Presidente, Lara se ha convertido en un riesgo interno, un factor que podría profundizar la incertidumbre social y económica.
La historia es clara: los líderes sin principios son los más peligrosos. Y Edmand Lara, con su mezcla de narcisismo, espectáculo y ambición desbordada, encarna esa amenaza. Bolivia debe mirar con atención: a veces, el enemigo de la estabilidad no está fuera del Gobierno. Está sentado al lado.





