Hiroshima, 6 de agosto de 1945. Michiko Kodama, de apenas siete años, estaba junto a su pupitre, dudando si ir al patio o permanecer en clase, cuando un destello “amarillo, naranja, plateado” llenó el cielo. Los cristales estallaron. El mundo cambió en segundos. Entre el humo, las llamas y cuerpos calcinados, su padre la cargó, intentando escapar de una ciudad reducida a cenizas.
En su memoria quedó grabada para siempre una imagen: una niña de su edad, con la cara y el cuerpo quemados, corriendo sola y suplicando ayuda. “Cuando miré atrás, ya se había desplomado. Creo que murió”, relata Kodama, hoy con 87 años, a Swissinfo. Ese día, una sola bomba atómica borró cerca de diez kilómetros cuadrados de la ciudad y dejó alrededor de 135.000 muertos.
Ochenta años después, su voz resuena como advertencia en un planeta que ha vuelto a la carrera armamentista nuclear. “El riesgo de uso de armas nucleares es hoy más alto que nunca”, advierte Melissa Parke, directora de ICAN, la organización que impulsó el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. El gasto mundial en este tipo de armamento no deja de crecer y las negociaciones de desarme están estancadas.
Las potencias nucleares —Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte— modernizan sus arsenales. China ya posee 600 ojivas y podría superar las 1.000 en 2030. La tecnología avanza hacia misiles hipersónicos y sistemas guiados por inteligencia artificial, elevando el riesgo de errores fatales y ciberataques. “Con 12.000 ojivas, la Tierra podría ser destruida dos veces”, recuerda Kodama.
El Tratado de No Proliferación Nuclear atraviesa una crisis de credibilidad, con conferencias fracasadas y normas en retroceso. El Reloj del Apocalipsis marca ahora 89 segundos para la medianoche, la advertencia más grave en su historia. Las tensiones entre Rusia y Ucrania, India y Pakistán, o Irán e Israel, mantienen vivo el espectro de un conflicto atómico por error o provocación deliberada.
Melissa Parke denuncia el uso de las armas nucleares como herramienta de intimidación política: “Son empleadas para imponer poder sin rendir cuentas”. Aun así, crece el respaldo internacional al Tratado de Prohibición, que ya cuenta con casi 100 países firmantes, aunque ninguno de los poseedores de armas nucleares lo ha suscrito.
Kodama recuerda que en 2018 habló con representantes de cinco potencias nucleares para pedirles que cumplieran sus compromisos de desarme. En 2024, con la guerra en Ucrania, ninguno quiso recibirla. “Los hibakusha todavía estamos vivos. Tenemos rabia… y esperanza de ver un mundo sin armas nucleares”, afirma, lamentando que ni siquiera Japón, el único país atacado con armas atómicas, haya firmado el tratado.
Entre las cicatrices de Hiroshima y las tensiones actuales, su mensaje es claro: el mundo está olvidando las lecciones del pasado. Y esa memoria, advierte, es lo único que podría impedir que la historia se repita.





