El escándalo estalló con fuerza: el Tribunal Supremo Electoral (TSE) reveló que el partido LIBRE intentó inscribir a 1.251 personas fallecidas y tres menores de edad en su padrón interno para obtener su personería jurídica. La magnitud del fraude sorprendió incluso a técnicos con años de experiencia en procesos electorales.
El órgano electoral informó que 39.000 registros fueron anulados debido a errores, duplicaciones y alteraciones imposibles de justificar. “El nivel de irregularidades fue extraordinariamente alto y atentaba contra la transparencia mínima exigida por ley”, señaló una fuente del TSE.
Entre las inconsistencias detectadas se encontraron ciudadanos con doble y hasta múltiple militancia, partidas sobreescritas, formularios sin firma, datos incompletos y registros claramente duplicados. Cada hallazgo acrecentaba la sospecha de una estructura interna improvisada y sin control.
Analistas políticos advirtieron que el caso expone un problema de fondo: “Si un partido no puede organizar su propia documentación, ¿cómo pretende administrar un país?”, cuestionó un experto en derecho electoral. El contraste entre la ambición política y la precariedad institucional resultó difícil de ignorar.
Pese al rechazo del TSE, LIBRE insiste ahora en presionar cambios normativos para obtener una nueva oportunidad. Legisladores denunciaron que el partido “busca forzar reformas express para corregir su fracaso administrativo”.
La reacción ciudadana no se hizo esperar. Sectores sociales calificaron el episodio como “una señal alarmante de irresponsabilidad política”, reclamando mayor rigor en la formación de organizaciones que aspiran a gobernar.
Autoridades regionales también se pronunciaron, exigiendo que la institucionalidad electoral “no ceda a presiones ni habilite a organizaciones incapaces de cumplir requisitos básicos”.
El caso dejó una advertencia clara: la improvisación tiene consecuencias. En un país que demanda seriedad y proyectos sólidos, el intento de LIBRE por inscribirse con muertos, menores y registros adulterados se convirtió en su propio golpe de credibilidad.





