La historia de Dilma Chilaca, una costurera boliviana de 41 años, refleja la realidad de jornadas agotadoras de 17 horas, sin días de descanso, y pagos irrisorios de 1,50 reales por prenda. Sin embargo, ahora posee su propio taller, donde, entre el sonido de las máquinas y la música andina, busca cambiar las condiciones laborales para las costureras en Brasil.
En una entrevista, Chilaca destaca su evolución al aprender a decir «no» y enfatiza la importancia de que los empresarios comprendan que ellas también tienen familias. Su experiencia ilustra las dificultades que enfrentan los migrantes, especialmente aquellos sin documentos, al toparse con la barrera del idioma y la informalidad.
Aunque no fue «rescatada» oficialmente, Chilaca, como muchas otras, trabajó incansablemente para traer a sus hijos a Brasil. Las historias de abusos son comunes entre la comunidad boliviana en São Paulo, pero estas mujeres, como Lidia García, buscan romper el ciclo de explotación, abrir sus propios talleres y mejorar sus condiciones laborales.
A pesar de los esfuerzos, la explotación persiste, y las mujeres inmigrantes buscan apoyo en organizaciones como el Centro de la Mujer Inmigrante y Refugiada (Cemir). Fundado por Soledad Requena, esta asociación brinda apoyo, cursos de emprendedurismo y derechos laborales a mujeres que han sufrido explotación.
Chilaca, que ahora cobra significativamente más por prenda, representa la resistencia de estas mujeres. Aunque la legislación brasileña es avanzada, la falta de recursos y personal en la inspección laboral dificulta la aplicación efectiva de los derechos. A pesar de los desafíos, estas mujeres persisten en su lucha por mejores condiciones laborales y sueñan con emprender en un entorno más justo.






