En 2010, cuando se aprobaba la Ley 045, con los llamados «artículos mordaza» 16 y 23, el gremio de la prensa y otros apelaban a la Relatoría de DDHH de la ONU para defender la libre expresión y alertar los avances totalitarios del régimen masista. Ahí comenzó a hacerse famosa la tal Paco, que fue delegada como diputada para atacar a los «explotadores dueños de medios de la derecha». Ella había ejercido de radialista en Sucre y dijo que el 25 de mayo de 2008 fue discriminada y agredida «por ser mujer y ser una humilde indígena». O sea, su actuar «no era venganza sino justicia». Todavía no andaba con sombrero, pero munida con el respaldo del jefazo y el loco Arce (el Héctor original), se metía en todo lado a decir que «los medios derechistas» se oponían a la 045 porque querían «seguir discriminando al pueblo». Ella escupía su acostumbrada rabieta y se salía sin escuchar a los demás.
El caso llegó a la famosa relatora de entonces, una experimentada jurista de la India, que se limitó a recomendar que en Bolivia «se vele por combatir todo tipo de discriminación y garantizar la libre expresión».
El masismo, con sus organizaciones sociales, como el líder del Tipnis, que entonces tampoco usaba sombrero, y cierta prensa sindical comprada con prebendas, publicidad y viviendas, hacían fuerte vigilia azul en una cercada plaza Murillo, donde los periodistas logramos entrar una noche para reclamar al vocero Canelas con simpáticos silbidos y arengas: «habías querido, fiu fiu…»
El primer anteproyecto de tres páginas de la 045, por cierto, no tenía nada de mordazas a los medios. Fue una propuesta del legislador afroboliviano por La Paz y apenas cuatro o cinco periodistas le dimos cobertura. Fue Arce, Delgado (quien disintió luego), Paco (tal vez) y otros quienes seguramente dijeron «hay que aprovechar para meterle mordaza a los medios y si caen los expropiamos» (permítanme esta licencia narrativa).
Para «quitarles la moral», como dice el sociópata agl, había que identificar a los malvados racistas, y ahí mostraban en cada reunión y en cada propaganda al camba Valverde, «al racista Valverde, al violento Valverde», diciendo ajos al aire, mas nunca palabras de ofensa racial. Les servía igual para su objetivo.
El masismo aprobó la ley tal cual. Le importó poco la relatora o los libros firmados que el gremio había logrado recabar para frenar esos 2 artículos. El jefazo inventó «esos libros son para hacer un partido».
En algún lado tengo las fotocopias de la famosa relatora sobre el caso Bolivia de ese anecdótico año. Me parece que así quedará, archivado y olvidado, cualquier pronunciamiento que haga el tal García – Sayán (recalcitrante zurdo globalista, además) sobre la justicia a la boliviana. No se fatiguen, no dirá nada…



