Cuando no queda nada dentro, incluso cuando lo que se mostraba era pura pose, juego de apariencias por exposición de simulaciones, se recurre a insistir desesperadamente en el teatro político, por más que no ofrezca promisorios resultados, pues el derrumbe y la implosión han llegado al nivel demoledor del desmoronamiento y diseminación apocalípticas.
Cuando no se tiene nada que ofrecer, salvo lo que se ha dejado como dramática herencia, la muerte del proceso de cambio, el desmantelamiento de la Constitución, la destrucción de la economía, de la educación y de la salud, fuera de haber enriquecido al entorno palaciego, convertido en burguesía rentista, se opta por la farándula de una marcha montada gubernamentalmente, con la masa elocuente de llunk’us, cada vez más parecida a un funeral, para enterrar al cadáver político, el Caudillo déspota, y a un conglomerado de corporaciones y gremios de la corrupción, que simula ser partido o movimiento.
Cuando se tiene los territorios del país arrasados, asesinando al horizonte y al porvenir, dejando ruinas y desiertos, deudas demoledoras, externa e interna, cuando se perdió la década en la proliferación de despilfarros y usurpaciones de las arcas del Estado, entregando ignominiosamente los recursos naturales a las empresas trasnacionales extractivistas, se inventa, con premura, una marcha sin sentido ni perspectiva, solo para mantener el eco de los gritos de agonía del moribundo, que quieren mostrar como si fuesen gritos de guerra. Solo son estertores o el sonido de la muerte, colgando en el aire, del cadáver político, cuya ausencia es habitada por el lóbrego fantasma.
La forma de gubernamentalidad clientelar se despide con una marcha fúnebre, después de haber implosionado su arquitectura de poder, carcomida por la corrosión institucional. Llevándose consigo a una “oposición” funcional y complemtaria del neopopulismo decadente, compartiendo la misma decadencia y desmoronamiento crepuscular».
Escribe Raúl Prada Alcoreza


