El debate presidencial organizado por el Tribunal Supremo Electoral dejó a la audiencia con más preguntas que respuestas. Si bien fue celebrado como “el mejor de la temporada” por la presencia de todos los candidatos, la ausencia de propuestas claras sobre temas estructurales como infraestructura nacional, salud y educación fue alarmante. El evento tuvo momentos tensos y algunas frases memorables, pero predominó el espectáculo sobre el contenido.
“Fue más un reality político que un debate serio”, resumió una analista de medios. Las frases altisonantes, los gestos exagerados y los ataques sutiles predominaron, mientras que los temas de fondo quedaron sin desarrollo. Ninguno de los presidenciables presentó un plan creíble para enfrentar la crisis en carreteras, hospitales colapsados o escuelas sin equipamiento. El país real, ese donde se cae un puente o falta agua, quedó fuera del libreto.
Andrónico Rodríguez intentó mostrarse como el rostro joven del cambio, pero su discurso giró en torno al mismo modelo político-económico que lleva dos décadas sin responder al desarrollo estructural. “Hay que profundizar el proceso”, dijo, pero no explicó cómo evitar que se profundicen también la pobreza y el deterioro institucional.
Jorge “Tuto” Quiroga desplegó su conocida retórica afinada, llena de cifras y referencias históricas, aunque sin conexión emocional ni soluciones viables a corto plazo. Cuando le tocó responder sobre el pasado represivo de su gobierno, se enredó en justificaciones. “No se trata de mirar atrás, sino adelante”, dijo, pero sin decir cómo ni hacia dónde.
Rodrigo Paz fue el más sobrio de la noche, con una postura serena y sin excesos. Conectó con la audiencia por su tono moderado, aunque su falta de propuestas concretas sobre transporte, conectividad vial o digital dejó un vacío que ningún candidato llenó. “No se puede transformar Bolivia sin hablar de infraestructura productiva”, reclamó un ingeniero desde Santa Cruz, tras verlo.
Samuel Doria Medina repitió su mantra empresarial: técnica por encima de política. Afirmó tener la fórmula para resolver la economía, pero evitó hablar del colapso de servicios básicos y la brecha rural-urbana. “Gobernar no es administrar una empresa. Bolivia no es una planilla Excel”, opinó un docente de El Alto.
Manfred Reyes Villa recicló su discurso con promesas como gasolina a 5 bolivianos y seguridad total. Sin embargo, su única propuesta sobre infraestructura fue una vaga mención a “construir desarrollo desde las regiones”. Lo demás fue nostalgia y populismo. “Con Manfred uno viaja… pero al pasado”, ironizó un politólogo.
Los demás candidatos, como Jhonny, Pavel o Eduardo, apenas destacaron. Participaron sin rumbo ni mensaje, lanzando frases genéricas y sin una sola mención a cómo encarar la crisis de transporte, puentes colapsados o caminos rurales abandonados. “Ni una mención al desastre en caminos. Vergüenza ajena”, comentó un transportista.
En conclusión, el debate dejó en evidencia una enorme brecha entre la clase política y las necesidades del país. La falta de propuestas para construir, conectar y fortalecer Bolivia fue el gran ausente de la noche. Como dijo una periodista: “Fue un circo con luces, pero sin plano de obras”. El país necesita más que discursos: necesita cimientos.





