
Relata, que ni el libro que intentó cambiar el mundo, uno de los más influyentes de la historia de la humanidad, un texto difícil de leer y un tanto incómodo, le movió el piso y su historia personal, como aquel día que escuchó decir a un indio de su país, (país que creía conocerlo) que había “dos Bolivias”.
Deja ver, que ni la lucha de clases, ni leerlo a Durkheim, le produjo tanta conciencia. Claro, ella o él, clase media, muchos hermanos, vivían del trabajo de su papá, su mamá se ayudaba haciendo tortas y ella o él y sus hermanas, tenían un traje de fiesta que usaban todo el año cuando había fiestas. Prácticamente, clase sándwich, como irrisoriamente se autonombraban.
En la universidad participaba de asambleas y se decía de izquierda, pero no conocía la historia de su país narrada por el pueblo. Conocía una historia que resultaba un juego de encaje, donde se colocan las piezas correctamente, sin lugar a interpretar o intentar cambiar la forma cuadrada por la redonda.
Escuchaba a los progres hablar del entronque histórico o de la conciencia de país que surgió a raíz de la Guerra del Chaco. Pero nunca terminó de entender por qué las condiciones de vida de los indios jamás cambiaban, que existía un sentido tan señorial y colonial en las ciudades que no daba lugar a otras expresiones.
Era tan normal escuchar que “chicas del campo” trabajen 18 horas seguidas y que no les paguen su miserable sueldo porque rompían una tacita de la vajilla, dizque inglesa. Las mismas chicas o imillas tenían que aguantar humillaciones porque no sabían preparar arroz chaufa, o no arreglaban la mesa siguiendo reglas de etiqueta.
En una ocasión lo escuchó a un tal Quispe y fue grandioso lo que sucedió, se dio cuenta que vivía en una Bolivia hipócritamente privilegiada, muy católica, muy de sufrir aquí para ganarse el cielo y ahí entendió una cita de Marx “la religión es el opio del pueblo” y así fue comprendiendo la lucha de clases en un contexto donde q’aras reproducían las relaciones de explotación hacia los indios, pero no en fábricas, sino en sus propias casas con el complemento racista hacia el propio ser humano que era boliviano como ellos, solo que venían de una Bolivia rural, sin luz eléctrica, sin poder mejorar su vida en contextos de carestía.
Para los q’aras, lo que hablaba Felipe Quispe era fruto de su resentimiento, sin embargo, este gran hombre develó el crudo racismo, luchó contra las élites blancoides, habló con los jóvenes aymaras, les transmitió dignidad cultural. Nunca se quedó callado frente al atropello del Estado, frente a las muertes y masacres. “A mí no me gusta que mi hija sea su empleada de usted”. “El voto del salvaje para el salvaje”. Y cuando le preguntaron sobre Morales, con ética responde: “cómo voy a hacer leña con tronco mojado”.
Dignidad, consecuencia; lucha e irreverencia contra el fascismo y gran ideólogo indianista. Y en la otra Bolivia el Tupak Wayra Runa escribe: “Cuando era niño conocí a un Mallku Achachila que caminaba en la tierra…” Ahora es tiempo de agradecer lo que ha hecho por su pueblo y por haber despertado conciencia en millones de personas que se rebelan frente al orden colonial. Se fue al Alaxpacha, siendo célebre, muy orgánico, dejando consignas y empoderado de sus raíces.
Autora: María Esther Mercado H. es Antropóloga y docente universitaria




