Si en las últimas semanas las plazas de Buenos Aires, Montevideo o Ciudad de México se llenaron de jóvenes corriendo en cuatro patas con máscaras de lobo o zorro, no es performance artística ni simple cosplay. Son therians, una comunidad que pasó del anonimato online a instalar un debate público sobre identidad, salud mental y pertenencia generacional.
El término proviene del griego therion (bestia) y anthropos (humano). Un therian describe una identificación interna, psicológica o espiritual con un animal específico, al que llaman “teriotipo”. Los más frecuentes son lobos, perros, felinos y zorros. Lo central: no creen transformarse físicamente ni pierden contacto con la realidad. La vivencia ocurre en el plano simbólico e identitario.
Su expresión más visible es el quadrobics: correr, saltar y desplazarse imitando a su animal en espacios públicos. Algunos usan máscaras, orejas o colas; otros mantienen la identidad en el ámbito privado. Varios describen experiencias como “cola fantasma” o incomodidad con ser “cien por ciento humano”. “No es un disfraz, es cómo me siento desde chica”, cuenta una adolescente de 16 años en un encuentro en Buenos Aires.
La confusión con los furries es habitual, pero incorrecta. El fandom furry —surgido en los años 80— es artístico y voluntario. Los therians sostienen que no es un hobby, sino una identidad que descubren, no eligen.
El debate clínico es real. El psiquiatra infantojuvenil Mauricio Acosta explica que “en la mayoría de los casos no hay pérdida de juicio de realidad; se trata de una construcción simbólica de identidad”. La psicóloga Débora Pedace, en cambio, advierte que en adolescentes con bullying o conflictos de autoestima puede funcionar como refugio que posterga la elaboración del malestar.
La investigación académica aún es escasa. Un estudio publicado en la revista Society & Animals en 2019 comparó 112 therians con 265 no-therians y encontró que, aunque reportaban mayores dificultades sociales, la pertenencia comunitaria operaba como factor protector en su autonomía y bienestar subjetivo. No se identificó psicosis ni desconexión sistemática de la realidad.
El fenómeno explotó en América Latina impulsado por el algoritmo de T1kT0k, donde hashtags vinculados al quadrobics suman millones de visualizaciones. Especialistas en cultura digital señalan que las redes amplifican identidades minoritarias que antes permanecían invisibles. “Antes fueron floggers o emos; hoy la identidad se construye en comunidades digitales, no en instituciones tradicionales”, resume la psicóloga Aldana Ferreira.
La pregunta de fondo no es si son “normales” o “enfermos”, sino qué están expresando. En un mundo fragmentado, hiperconectado y con instituciones debilitadas, la búsqueda de pertenencia adopta nuevas formas. Para algunos, esa forma tiene garras, orejas y una máscara; para otros, es simplemente una etapa más en la eterna reinvención adolescente.





